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El traslado de los restos de Franco


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AMANDO DE MIGUEL

Nos acercamos a la fiesta de los Difuntos, una celebración entrañablemente española, visto nuestro gusto por la necrofilia. En principio, el desentierro de los restos de Francisco Franco sea vendido políticamente por el Gobierno como una afirmación del proceso democrático, como un signo de su victoria sobre el franquismo. Es un alarde de valentía eso de alancear al moro muerto. Pero la sospecha es que tal operación se realiza más de cuarenta años después de iniciada la transición democrática. Ya es extraño que no la hayan llevado a cabo los sucesivos Gobiernos de la UCD, del PP y del PSOE. Es decir, se trata de un acto más de propaganda, o al menos cabe que muchos españoles así lo piensen. Francamente, resulta dudoso que vaya a beneficiar al Gobierno.

La noticia de la famosa exhumación o desentierro, tiene un alcance mundial, por lo exótico del caso. Ya se sabe, las cosas de la romántica España. Pero entonces no se entiende por qué se lleva a cabo en secreto como algo privado; tanto es así que no se deja que estén presentes los medios de comunicación. En una democracia, las decisiones de importancia pública no deben mantenerse de forma sigilosa. A no ser que con ello se quiera ensalzar el carácter mítico de la figura de Franco, que es realmente lo que está ocurriendo, o sea, el tiro por la culata.

El desentierro (y posterior reentierro donde ha querido el Gobierno) pretende acabar con el símbolo del Valle de los Caídos, una especie de tumba del soldado desconocido para los fallecidos en la guerra civil de 1936. Pero se consigue lo contrario. Al seguir hablando del “Valle de los Caídos” (un mausoleo colosal diseñado por Franco), lo que se hace es perpetuar el mito franquista. No entendemos por qué el Gobierno y sus acólitos y hoplitas no hablan simplemente del cerro de Cuelgamuros, sino del “Valle de los Caídos”. Repito que se trata de una forzada terminología que originó el franquismo. Para ello habría que dinamitar el mausoleo entero, cosa que tendría su lógica, pero supondría más quebraderos de cabeza al Gobierno y a los españoles todos.

La tesis oficial de que el Valle de los Caídos sea solo un recuerdo para los fallecidos durante la guerra civil. Por eso, de momento nadie está en contra de que se retiren los restos de José Antonio Primo de Rivera. Pero con ello se admite tácitamente que Primo de Rivera fue una víctima de la guerra civil. Es una forma de decir, implícitamente, que se condena la decisión de fusilar al fundador de Falange Española por parte del Gobierno del Frente Popular de 1936. En cuyo caso, toda la operación reafirma el homenaje que Franco quería rendir a los fallecidos de su bando (los “nacionales”). Total, que se reaviva la división ideológica que condujo a la guerra civil. ¿Será esta la famosa “memoria histórica?”

Aunque pueda parecer extraño, el mausoleo dichoso contiene pocos símbolos del bando nacional o franquista, pero los mismos que desentierran a Franco no parecen interesados por tales símbolos. Por ejemplo, el gigantesco escudo del Caudillo con el águila de San Juan, divisa de los Reyes Católicos, las estatuas de los ángeles con espadas (una alegoría que expuso José Antonio Primo de Rivera), las tres banderas del bando nacional en el mosaico de la cúpula. Resulta extraño que el Gobierno no haya reparado en la sustitución de tales símbolos, por otra parte, muy parcos. Más explícito es el texto conmemorativo del Arco de la Victoria en la Moncloa, que al Gobierno le deja indiferente. Bien es verdad que está en latín.

Oficialmente, se quiere que el mausoleo sea un símbolo de los muertos en los dos bandos de la guerra civil. Pero resulta que en Cuelgamuros se hallan enterradas otras muchas personas que fallecieron después de la guerra: los monjes benedictinos de la abadía y las personas que voluntariamente testaron para que sus restos fueran trasladados a ese lugar. En buena lógica, habría que desenterrar también todos esos cadáveres. No parece que vaya a ser una decisión muy popular. Sigue siendo una falta de respeto que el Gobierno decida dónde hay que enterrar a una persona. No es una práctica democrática por lo que tiene de violación de los derechos humanos más elementales.

Detrás de la pintoresca decisión del desentierro de Franco late la presunción de que de esa forma no se va a homenajear al Caudillo. Resulta ingenuo, si no erróneo. La tumba de Franco durante 44 años apenas ha recibido la visita nostálgica de unos pocos de sus fieles. Sin embargo, trasladado el féretro a un cementerio cercano a Madrid, lo más probable es que arrecien los homenajes espontáneos. Es fácil cerrar el Valle de los Caídos, pero no impedir el acceso a un cementerio como el de Mingorrubio.

La peor paradoja es que el desentierro de Franco pretende ser un motivo para la definitiva reconciliación de los españoles, divididos por la guerra civil de hace 80 años. Ya es extraño que se haya esperado tanto tiempo para una decisión de tal calibre histórico. Tanto es así, que lo más probable es que se trate de un motivo último para la infausta separación de los españoles en dos bandos irreconciliables. Habría sido mucho más coherente trasladar a Cuelgamuros los restos de algunos fallecidos en el bando republicano durante la guerra; por ejemplo, Buenaventura Durruti, líder anarquista, que fue asesinado por un comunista (presuntamente) el mismo día que fusilaron a José Antonio Primo de Rivera. Otro error político ha sido el prohibir la bandera de España en el rito de exhumación de los restos de Franco. Realmente, se trata de un gratuito gesto de crueldad y de ignorancia, que suelen ser rasgos asociados. Debe recordarse que el escudo (con el águila de San Juan) se asocia con el jefe del Estado, no con la nación. Por cierto, ese escudo figura en la portada del texto auténtico de la Constitución de 1978, pues todavía no se había diseñado el escudo del Rey Juan Carlos.

Una función latente de la extraña decisión de desentierro de Franco es asegurar el triunfo arrollador de Sánchez en las próximas elecciones. Sin embargo, puede que se consiga el efecto contrario: su definitivo fracaso.

En conjunto, toda la singular operación se presenta oficialmente como algo propio de una democracia europea, pero en la realidad pasará a la historia como un prepóstero episodio propio de un recóndito Turán, como si dijéramos, el país de las maravillas.