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El Joker del César


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JUAN LUIS PÉREZ TORNELL

El día que los nacionalistas catalanes dejaron de robar y una vez descubiertos se echaron al monte del irredentismo, dinamitaron al mismo tiempo, y quizá sin saberlo y para siempre, los delicados equilibrios diseñados en nuestro sistema electoral.

Ahora estamos viendo con estupefacción que nos falta la pieza del puzzle del nacionalismo catalán (la del vasco no es decisiva), ese carburador que permitía a todos que el coche funcionase, ese siniestro comodín que sirvió para ir tirando al bipartidismo, a cambio de dinero carlista y una transferencia, gota a gota, de la soberanía nacional.

Abandonados por esa amante a la que tanto PP como PSOE, pusieron un piso durante tantos años, los políticos españoles no saben que hacer y nos convocan nuevamente a unas elecciones que solo prueban su esterilidad y su escaso nivel político y humano.

Roto el mecanismo que otorga el poder en España, su reconstrucción exige con urgencia un pacto constitucional que cristalice en un nuevo sistema electoral, dejando de una vez por todas fuera del Congreso de los Diputados (el Senado es una ficción territorial que no sirve para nada) a los molestos pero útiles regionalistas (Revillas y Urkullus incluidos) y otras minorías regionales que en estos años solo trabajan “pro domo sua”,en el más estricto de los sentidos, y que no deberían salir del ámbito autonómico de esa tierruca que les conmueve y que tanto dicen amar.

Es relativamente fácil: exigiendo un porcentaje mínimo en el territorio nacional, el “lobby” local que, enmascarado de partido político, no llegue a alcanzarlo, se queda en los mullidos escaños del Senado o en su aldea, y desde allí que clame contra “Madrid”, que es, por cierto, otra ficción.

El divino Sánchez, en su escenografía pública habitual es un mesías rodeado de creyentes, pide, o más bien predica, con un descaro inconcebible, todos los poderes para él si, como predicen sus sociólogos y pitonisos, es el vencedor de las elecciones y, si se da esa feliz circunstancia, exige ser ungido como presidente sin rechistar. Ningún diputado de su propio grupo, ni mucho menos los pastorcillos que asisten a sus mítines, le advierten que todavía no se ha convertido en dios, y que al día siguiente de la soñada investidura empieza realmente el partido aplazado, el arduo trabajo de negociar-ceder con personajes a los que desprecia sin excepción – no es cuestión de ideologías, como hemos visto – y que, amorcillados en tablas, no parecen predispuestos a aceptar de buen grado la democrática estocada.

El personaje, políticamente proteico, es, clínicamente, cada vez más interesante en sus pasmosas mutaciones, que a veces se producen en cuestión de horas, y se le intuye cada vez más convencido de la legitimidad de la tentación cesarista, como connatural al hecho de ganar las elecciones, como si con una exigua minoría hubiese derrotado a los cartagineses y exhumado a Franco.

El parlamento se empieza dibujar así, de forma preocupante, como un obstáculo para el césar, éste o el que venga con las mismas pretensiones, y que estará obligado a aceptar que el comodín catalán está en otras guerras, y cortó el cordón umbilical que le proporcionaba ese Estado que de forma incomprensible e inaceptable se niega a la descolonización de su propio territorio.

El 11 de noviembre, como observaba el fino analista Julio Iglesias, la vida seguirá igual. Habrá que pedir nuevas cartas a nuevos jugadores y descartar un comodín ya imposible.