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Primer cumpleaños sin Julio Alfredo

Julio Alfredo Egea, el poeta del "asombro cotidiano de ir descubriendo la vida, los seres, las cosas”, cumpliría hoy 93 años. Un buen día para recordarle y alzar una copa de Protos en su memoria.


Pilar Quirosa-Cheyrouze y Julio Alfredo Egea ante la fuente de San Valentín, en Almería, en una fotografía captada por Javier Irigaray el 30 de abril de 2013.

JAVIER IRIGARAY / 04·08·2019

Era noviembre, hace siete años, y fue en Antas, ese rincón del universo en donde todo puede ocurrir. El poeta calzaba ya 86 años y la ilusión del niño cuyos planes seguían siendo, como él confiesa, “disponer de tiempo para escribir, leer y viajar”.

“La poesía -dice- da muchos bienes espirituales, muchos amigos, mucho conocimiento del mundo”. Y sorpresas, como la que aquella soleada mañana de un día 24 iluminó el rostro travieso y amable de Julio.

Habíamos organizado un encuentro de amigos para reír juntos, comer, beber algún vino besucón, cantar canciones y decirnos versos con el poeta de Chirivel como pretexto inmejorable para la reunión.

Desde la Plaza de la Iglesia es visible la meseta de El Argar, el lugar en que, aún no sabemos si para bien o para mal, comenzó la civilización a este lado del Mediterráneo. Yo andaba explicando a parte de la concurrencia algo sobre aquel paisaje de bronce, invitándoles a mirar por encima de la tapia que existe junto al bar, cuando, atravesando la plaza corriendo, apresurado en el trote y visiblemente emocionado, Julio Alfredo llegó hasta mí gritando alborozado “¡Javier, Javier, que el cocinero me ha recitado un poema de Juana de Ibarbourou!”

El cocinero era mi amigo Enrique, uruguayo, al igual que Juana, que cambió el mezclar principios activos en una farmacia de Montevideo por la alquimia de las cocinas en esta parte del mundo.

Julio e Ibarbourou fuero grandes amigos. Ella fue quien le explicó que el nombre de su pueblo, Chirivel, debió ser el de algún “pájaro exótico, soñado e inexistente”, y el cocinero uruguayo de un bar andaluz, forofo de un equipo de fútbol de su ciudad con nombre de puerto inglés y ávido lector de poesía, entre otros versos, le dijo al poeta de los Vélez que muchos creen granadino aquello de

“¡Ay, quisiera llevarte conmigo
 a dormir una noche en el campo
 y en tus brazos pasar hasta el día
 bajo el techo alocado de un árbol!”.

Julio Alfredo Egea cumpliría hoy 93 años y la certeza de haber visto realizado uno de sus sueños: “yo siempre quise vivir de la pluma y lo he hecho, aunque, por si las cosas se complicaban, urdí un plan 'B' y monté una granja de pollos. Así, de una manera o de otra, me aseguré vivir de la pluma”.

Es el humor de este poeta de la tierra, traductor de “el asombro cotidiano de ir descubriendo la vida, los seres, las cosas”.

Generosidad es, quizás, uno de los rasgos que más destacan en su bonhomía. El poeta acoge con alegría y desprendimiento a todo aquél que se le acerca, del mismo modo que lo hace la encina milenaria que albergan los montes de su pueblo. Su abnegado carácter altruista merecen mantener viva su inmensa y amable presencia.. Aún no es tarde para que las instituciones reconozcan el mérito de este enamorado del lenguaje de las cosas sencillas y cotidianas, del amor por la tierra y por los desheredados que la habitan.