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La azarosa vida de Miguel de Cervantes


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ADOLFO PÉREZ

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, …”. Así comienza el Quijote, la obra cumbre de nuestra literatura, cuyo autor, Miguel de Cervantes Saavedra, es la gran figura de nuestro Siglo de Oro, uno de los escritores más representativos del espíritu y la cultura europeos, ha dejado una huella imborrable de su paso por el pensamiento y las letras. Excelente soldado, buen español y escritor jamás superado. Cautivo en Argel, pobre siempre y perseguido en ocasiones. Su gran libro “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” (publicado en dos partes, la primera en 1605 y la segunda en 1615) es una obra fundamental en todas las literaturas. Además del Quijote Cervantes escribió magnificas obras como ”Persiles y Sigismunda” (su última obra) o sus “Novelas ejemplares”, pero todas palidecen ante su obra maestra. La razón de este artículo es conocer lo más esencial de su vida de la que no faltan bastantes incógnitas.

Como es bien conocido Miguel de Cervantes Saavedra nació en Alcalá de Henares (Madrid), seguramente el 29 de septiembre de 1547, aunque el propio Cervantes nada dijo de la fecha y lugar de su nacimiento. Cuarto hijo de los siete que tuvieron sus padres, Rodrigo Cervantes y Leonor de Cortinas. Su padre, de profesión maestro o cirujano sangrador, sordo de nacimiento, en 1551 vendió cuanto tenía y se trasladó con su familia a Valladolid en busca de mejor fortuna. Pero las cosas no le fueron bien debido a la gran competencia en su oficio, de modo que hubo de pedir préstamos a un usurero para salir adelante, pero al no pagarle lo metió en la cárcel y lo perdió todo. Su biógrafo Andrés Trapiello dice que es posible que estuviera en la escuela en Valladolid, pues su padre se preocupó de que sus hijos, incluidas las mujeres (cosa rara entonces) supieran leer y escribir. Pero lo más probable es que en Córdoba, ya con siete años, asistiera dos años a una escuela y pasara después al reciente colegio de la Compañía de Jesús (jesuitas), donde debió estudiar dos años de gramática. Cuando tenía veintidós años, al parecer por una pendencia (un duelo) huyó a Roma en 1569 donde entró al servicio del cardenal Acquaviva.

Tiempo en que los corsarios turcos y berberiscos sembraron el terror en el Mediterráneo con graves daños a los dominios españoles e italianos de Felipe II. El feroz ataque de los turcos tropezó con una gran resistencia, de modo que cuando el turco Mustafá se disponía a tomar la ciudadela de San Telmo (La Valeta, isla de Malta) hubo de levantar el asedio debido a los refuerzos recibidos por los sitiados. Mustafá, antes de reembarcarse, mandó abrir el vientre en forma de cruz a los cautivos cristianos, y clavados en unos maderos los echó al mar para que las olas los arrastrasen a los muros de la ciudadela; los sitiados contestaron cortando la cabeza a los cautivos turcos y las usaron como proyectiles de bombardas. Poco después los turcos cayeron sobre la isla de Chipre, posesión veneciana, y se apoderaron de parte de la isla, lo que dio lugar a que se formara una triple alianza, española, veneciana y pontificia, dirigida por Felipe II, que nombró generalísimo a su hermano don Juan de Austria. Una poderosa flota, con más de treinta mil soldados, la mayoría españoles, se encontró con la turca, más poderosa, en el golfo de Lepanto el 7 de octubre de 1571. Los turcos fueron derrotados, lo que causó una gran impresión en Europa.

Pues bien, en esa batalla estuvo Miguel de Cervantes como soldado arcabucero. Se desconocen las causas que lo impulsaron a enrolarse en la Armada en julio de 1570, quizás deseara hacer fortuna en la milicia, pues bien es cierto que estaba orgulloso de su condición de soldado y de las heridas recibidas. Hasta llegar el combate con los turcos lo pasó con la tropa en Nápoles. El 7 de octubre de 1571, día de la batalla, Cervantes, embarcado en ‘La Marquesa’, estaba enfermo, tenía fiebre y vómitos, pero no rehusó entrar en combate y ocupó su puesto. En ‘La Marquesa’ hubo cuarenta muertos, entre ellos el capitán, y más de cien heridos, uno de ellos Cervantes, herido por tres arcabuzazos, dos en el pecho y uno en la mano izquierda. Lo llevaron a un hospital de Messina (daría gusto ver el hospital). Las heridas graves del pecho sanaron, pero la de la mano le invalidó, de ahí que sea conocido como ‘El manco de Lepanto’. Allí recibió la visita de don Juan de Austria por el que Cervantes sentía veneración y del que siempre tuvo un gran recuerdo. A finales de 1574 dejó la milicia y meses después abandonó Italia, así es que el 20 de septiembre de 1575 partió de Nápoles en una expedición de tres naves. En la travesía padecieron dos fuertes tormentas, de modo que “La Sol”, en la que iba Cervantes, quedó descolgada con tan mala fortuna que cerca ya de la costa catalana fue apresada por unos piratas berberiscos que embarcaron en sus naves a la mayor parte de los viajeros y los llevaron a Argel. Allí adjudicaron a nuestro hombre a un magnate, que a la vista de los escritos que llevaba lo creyó personaje importante y pidió cinco mil escudos por él, que luego fue rebajando hasta llegar a los doscientos. Así comenzó un cautiverio de cinco años en los que en cuatro ocasiones intentó fugarse, hasta que el 19 de septiembre de 1580 fue rescatado por los trinitarios, orden religiosa dedicada a la liberación de presos. Después de las procesiones de acción de gracias celebradas en Valencia marchó a Madrid. Su familia estaba igual que la dejó, con sus problemas económicos. Ya en Madrid sus gestiones se encaminaron a obtener, en su condición de ex cautivo y mutilado de Lepanto, algún dinero para pagar las deudas familiares. A tal fin se dirigió al Consejo de Castilla, cuya respuesta fue negativa. Fuera de Madrid, en Lisboa y puede que en Salamanca buscó enjugar sus penas pecuniarias, pero todo fue en balde, de modo que se volvió a Madrid y la situación siguió igual. En 1585 publicó la primera parte de su novela poética “La Galatea” de la que vendió sus derechos por ciento veinte ducados. A partir de 1583 se dedicó a la vida de autor de comedias de las que recibió poco dinero, siendo “La Numancia” la más afortunada. Las comedias entonces se representaban en patios o corralas entre dos casas, con los graderíos laterales que apenas permitían ver la escena. Ante su mala situación económica intentó probar fortuna en las Indias pero no se le permitió, así es que se dedicó a escribir sus obras para venderlas y que se representaran. Y como dice su biógrafo Trapiello no hay poeta pobre sin amante, y eso es lo que sucedió con Cervantes, que se enamoró, o al menos se enredó, con una mujer casada, la veinteañera Ana Villafranca, conocida como Ana Franca. Su marido era tabernero y ella vendía vino en el mostrador; el caso es que de esta relación amorosa nació en 1584 una niña que se llamó Isabel, que muerto el marido de la amante Cervantes la reconoció como suya y le dio su apellido. Con el tiempo esta niña se convirtió en una joven arribista y ambiciosa, algo casquivana (al parecer tuvo una hija fuera del matrimonio), era de un fiero e intratable egoísmo, a la que no detenía nada. Las relaciones con su padre acabaron en enemistad, pues la rectitud moral de Cervantes en nada se parecía a la de su hija.

En septiembre de 1584 Cervantes viajó a Esquivias (Toledo) para verse con la viuda de su amigo el poeta Pedro Laynez que le iba a entregar un cancionero inédito de su marido a fin de que la aconsejara para publicar dicha obra. A poco de estar en Esquivias conoció a Catalina de Salazar, una joven de menos de veinte años con la que se casó tres meses después, el 12 de diciembre de 1584, en la iglesia parroquial del lugar. Entonces Cervantes contaba treinta y siete años. Un mes antes nació en Madrid su hija ilegítima, Isabel, ya citada. En su matrimonio con Catalina no tuvo hijos. Es muy probable que la boda se debiera para mejorar su situación económica pues los padres de ella estaban bien situados. Se instaló en Esquivias y allí permaneció escribiendo veintiocho meses hasta que marchó a Sevilla para mejorar su vida, dejando a su esposa en el pueblo. En Sevilla se alojó en la posada de un viejo amigo, actor de teatro. Durante cuatro meses estuvo intentando colocarse o emprender algún negocio, pero nada de eso prosperó.

Cuando Felipe II dispuso la formación de la conocida como la Armada Invencible, con el fin de invadir Inglaterra, se constituyó una comisaría general para requisar aceite y trigo en Andalucía. A tal fin se nombraron comisarios entre los que se designó a Cervantes en septiembre de 1587. Desde Sevilla, en su condición de comisario de abastos, recorría los pueblos para requisar aceituna o aceite, trigo, etc. Un trabajo dificultoso que le produjo muchos disgustos, uno de ellos ser excomulgado por el arzobispo de Sevilla debido al embargo de los bienes eclesiásticos de Écija. Siete años después, en abril de 1594, fue destituido del cargo, librándose del largo periodo de sinsabores, así es que dejó Sevilla y se volvió a Madrid. En Madrid Cervantes logró el puesto de recaudador de impuestos atrasados en Andalucía. Este empleo, que solía recaer en judíos conversos, se utiliza por los que sostienen que Cervantes era un judío converso. Debido a una estafa habida en el banco de Sevilla donde depositaba el dinero recaudado fue acusado de apropiación indebida y encarcelado varios meses, entre 1597 y abril de 1598 en que salió por orden de Felipe II. Se trataba de un atropello, pues Cervantes era de una honradez acrisolada.

Hasta el año 1600 nada se sabe de Cervantes. Hay quien piensa que comenzó a escribir el Quijote En ese tiempo murió su amante Ana Franca y el 13 de septiembre de 1598 falleció Felipe II al que sucedió su hijo Felipe III. Liquidada toda su hacienda, de nuevo con su mujer, con la que viviría hasta su muerte, Cervantes y su familia (ocho mujeres: su mujer, su hija, hermanas, sobrinas y una criada) marcharon a Valladolid (donde estaba la corte) en el verano de 1604, fechas donde se presume que terminó de darle los últimos retoques a la primera parte del Quijote, que dedicó al insensible duque de Béjar. El precio del ejemplar se fijó en doce reales y pico, doscientos maravedíes y medio (edición en rústica con seiscientas sesenta y cuatro páginas de mal papel). En enero de 1605 se puso a la venta en Valladolid y Madrid. El éxito del libro fue inmediato y enseguida se gestionaron los permisos para venderlo fuera de Castilla, al tiempo que preparó una segunda edición. Es probable que Cervantes desconociera las conquistas de su Quijote en Europa, pero tales victorias no le daban de comer pues él seguía siendo pobre, con estrecheces.

En el año 1606 el rey Felipe III trasladó la corte de Valladolid a Madrid. (Como dato curioso se añade que el traslado de la impedimenta real la efectuaron cuatrocientos pares de bueyes y dos mil hombres arreglaron los caminos para el paso de los carromatos.) Cervantes y su familia también se trasladaron a Madrid sin que se sepa la fecha. En 1613 publicó sus Novelas ejemplares, doce novelas cortas de las que en cada una de ellas se puede sacar algún ejemplo provechoso; son las más leídas tras el Quijote. Sin embargo, al año siguiente Cervantes debió llevarse un gran disgusto cuando se publicó una segunda y apócrifa parte del Quijote firmada con el falso nombre de un tal licenciado Alonso Fernández de Avellaneda. Tal situación sirvió para que Cervantes publicara en 1615 la segunda parte: “Segunda Parte del Ingenioso Cavallero Don Quixote de la Mancha. (Por Miguel de Cervantes Saavedra, autor de su primera parte)”, dedicada al conde de Lemos, buen mecenas para Cervantes, según dejó escrito. Con una extensión algo menor que la primera parte, pero superior esta segunda, según los críticos. Su edición fue algo mayor y su precio de venta doscientos noventa y dos maravedíes, y como la primera tuvo un gran éxito.

Como final de una vida triste y azarosa, plagada de disgustos y escasez económica, el más grande escritor de las letras españolas, cinco meses después de publicar la segunda parte del Quijote, en abril de 1516, se dispuso a ‘partir’. En su dedicatoria de Persiles al conde de Lemos le puso estas coplas antiguas: ”Puesto ya el pie en el estribo, / Con las ansias de la muerte, / Gran Señor esto escribo”. Murió el 22 de abril de 1616, asistido en sus últimos momentos por su mujer, Catalina. Está enterrado en el convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid, de acuerdo con sus deseos, debido a su agradecimiento por haberlo librado del cautiverio de Argel.