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Doña Urraca, la ultrajada reina de Castilla y León


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ADOLFO PÉREZ

Es bueno que los nacionales de un país se interesen por su historia, siendo clave conocer la biografía de sus principales personajes. El linaje de la Monarquía española se remonta al siglo VIII con el reino de Asturias y don Pelayo, su primer rey. Este reino y los siguientes de Castilla y León son los que rigen el número ordinal de cada rey de España hasta el actual, Felipe VI. De todos ellos solo ha habido cuatro reinas titulares (propietarias): Urraca; Isabel I la Católica; Juana la Loca e Isabel II. Las dos primeras de Castilla y León y las otras dos de toda España. La futura reina Leonor deberá ser la quinta. Este artículo se dedica a la primera de ellas, Doña Urraca, dados los hechos que le tocó vivir a ella y a sus reinos de Castilla y León en el siglo XII.

En realidad antes de Doña Urraca hubo una reina legítima con todos los derechos que no forma parte de la sucesión de los reyes de la monarquía española pues no reinó como tal, se trata de Sancha de León, que vivió entre 1016 y 1067. Sancha era hija legítima de Alfonso V de León y hermana del rey Bermudo III que no dejó descendencia, razón por la que su hermana heredó el reino de León. Estaba casada con Fernando I de Castilla, que por unas tierras leonesas guerreó contra su cuñado Bermudo III, que pereció en la batalla de Támara, pasando su reino a Fernando por su matrimonio con Sancha, uniéndose así Castilla y León (1037). A raíz de esta unión Fernando fue coronado en León como emperador y Sancha como emperatriz.

Aclarada la realidad histórica anterior seguimos con Doña Urraca, primera reina titular de Castilla y León (1109 – 1126), primogénita de Alfonso VI y de su segunda esposa, Constanza de Borgoña. No hay certeza de cuando nació, que parece fue en Burgos en abril de 1079. De su infancia poco se sabe. Conocida como la Temeraria, era inteligente y enérgica, frívola y con un gran poder de seducción, pero poco apta para el gobierno, y como su padre, muy libidinosa. Se ha dicho que era el ejemplo de lo que no debía ser una mujer. Su discutido reinado, que coincidió con la época tormentosa del inicio del reino de Castilla, fue pródigo en intrigas, disturbios y guerras civiles.

Su padre, Alfonso VI el Bravo, fue uno de los más grandes reyes de la historia de España. Con él se produjo un hecho histórico muy llamativo. Resultó que su hermano Sancho II murió asesinado y le sucedía en el trono su hermano Alfonso, pero surgieron sospechas de que él fuera el inductor, de modo que antes de que ciñera la corona el Cid Campeador lo obligó, en la iglesia “juradera” de Santa Gadea de Burgos, a prestar juramento de ser ajeno a la muerte de su hermano. Tal acción le valió al Cid ser desterrado, pero se declaró leal al rey con el que años más tarde se reconcilió. Este monarca cuando ocupó el reino de Pamplona se tituló emperador a modo honorífico, un título sin valor para una política efectiva. Fue derrotado por los almorávides dos veces, primero en Sagrajas y después en la batalla de Uclés, llamada “la de los siete condes” por la muerte de siete nobles y su único hijo varón, Sancho, hijo de la mora Zaida. La muerte de Sancho convirtió a la infanta Urraca en la única heredera de Castilla y León, de modo que su padre la proclamó sucesora ante la Curia de Toledo y ella juró cumplir sus obligaciones como futura reina de Castilla y León.

El emperador Alfonso VI casó a dos de sus hijas con sendos nobles borgoñones, parientes de su segunda esposa, Constanza. En 1087 concertó los esponsales de la infanta Urraca, siendo una niña, con el conde Ramón de Borgoña, a los que dotó con el condado de Galicia. De su matrimonio nacieron Alfonso Raimúndez (más tarde Alfonso VII) y Sancha Raimúndez (Raimúndez significa hijos de Raimundo, así era la costumbre entonces). Asimismo, concertó los esponsales de su hija Teresa (bastarda) con Enrique de Borgoña a los que dotó con el condado Portucalense, o sea, las tierras entre el Miño y el Duero. Esta dote fue trascendental para la Península como ahora se verá.

El conde Raimundo, esposo de Urraca falleció en 1107, dos años antes de que ella fuera proclamada reina, dejando a su hijo Alfonso Raimúndez con tres años de edad. Ante la muerte de su yerno, el padre de Urraca propició casarla con Alfonso I de Aragón, el Batallador, tal vez pensando que era el único capaz de mantener la idea imperial y de imponerse a los demás. Lo cierto es que tenía cualidades, pero tropezó con muchos imponderables que casi lo anularon. Se encontró con una reina, que si bien era inteligente estaba poco dotada para gobernar, pues ni comprendió ni secundó los planes de su marido ya que solo se movía a impulsos de egoísmos y caprichos, hasta el punto de que estando casada con don Alfonso se amancebó con un conde del que tuvo más de un hijo.

En este reinado destaca la importancia política de Galicia. El conde de Traba, tutor del niño Alfonso Raimúndez, hijo de Doña Urraca, fue proclamado rey de Galicia, lo que no consintió su padrastro Alfonso el Batallador que fue contra los aliados de su ex esposa a los que derrotó en la batalla de Viadangos (1111); su hijastro logró escapar. Este hecho junto a otros se les hicieron insoportables al Batallador, que harto de las liviandades de la reina (a la que llegó a encerrar en Castellar) y las diferencias con ella más la anulación de su matrimonio por el Papado, que él no aceptó, junto con la hostilidad de los castellanos y el poder creciente de su hijastro Alfonso Raimúndez, con el añadido de los problemas que originaban sus cuñados, los condes de Portugal. Ante tal realidad y viendo que su poder declinaba en Castilla y León decidió abandonar aquellos reinos y marcharse a su reino de Aragón en 1114.

Por fortuna la España cristiana de entonces coincidió con la pérdida del ímpetu africano, pues la política española era una verdadera maraña de alianzas hechas y deshechas, de violencias y deslealtades. La reina Urraca lo mismo incumplía las advertencias pontificias que se separaba de su marido al que combatía, pues sus desavenencias eran continuas. Unas veces ella se ponía del lado de los partidarios de su hijo y en otras se oponía a ellos. Por su parte los condes de Portugal, Enrique y Teresa, ayudaban al bando que les convenía, pues al abrigo de esta política se acercaban a la autonomía del condado aprovechándose de cuantas ocasiones se les presentaban para ir rompiendo los vínculos con el reino de Castilla, hasta que lograron la autonomía del condado portugués, iniciándose así un hecho trascendente para el devenir de la Península del que nadie se apercibió entonces como fue la independencia de Portugal. Resulto que en 1137 el hijo de los condes, Alfonso Enríquez, consiguió que su primo Alfonso VII le reconociera como conde independiente. Dos años después se hizo proclamar rey de Portugal con el nombre de Alfonso I. Y en 1143 Alfonso VII reconoció el reino de Portugal y en 1179 fue reconocido por el papa. Sin duda fue un fracaso de Castilla que no acertó a absorberlo.

En tiempos de Doña Urraca se produjo la primera revolución social. Resulta que el padre de la reina, Alfonso VI, repobló bastantes poblaciones con gentes de distintos lugares de la Cristiandad (Europa) a los que impuso duras condiciones, pero a pesar de todo estos comerciantes burgueses lograron prosperar y confiaron en que Alfonso I de Aragón, como ya había hecho en su reino, los defendería de la nobleza y alto clero, que buscaron como valedora a la reina Urraca. Los burgueses rústicos intentaron desligarse de las duras condiciones impuestas, a los que se unieron los labriegos y bajo clero, hartos también de las condiciones a las que estaban sometidos, los cuales consideraron al rey aragonés como su defensor. La rebelión se extendió por todo el reino, sofocada con la ayuda papal. Los burgueses rebeldes fueron desterrados y obligados a marcharse en pocas horas so pena de perder los ojos, de modo que quedaron despoblados los núcleos de población tras el fracaso.

Personaje importante en este tiempo fue don Diego Gelmírez, el inteligente obispo de Santiago de Compostela, creador de la grandeza de esta sede episcopal. Destacó como actor principal en la política y en las luchas civiles de Galicia, aunque no siempre bien avenido con la reina. En su momento se sumó al partido del conde de Traba, tutor del niño Alfonso Raimúndez, hijo de Doña Urraca. El obispo fue actor principal junto con la reina en un hecho singular que se produjo en 1117. Resultó que los burgueses de Santiago de Compostela, que se habían hecho ricos y poderosos en su trato con los peregrinos se sublevaron contra el obispo Gelmírez. La reina, de acuerdo con ellos, se apoderó de la ciudad, pero pronto hizo las paces con el prelado, que se ofreció a mediar con el partido del niño – rey Alfonso. Así que, cumpliendo el pacto entre ambos, se presentaron en la ciudad y estalló el motín contra ellos. El obispo y la reina se refugiaron en la catedral, que fue incendiada. Gelmírez logró escabullirse pero la reina sufrió todo género de ultrajes: despeinada y desnuda fue arrastrada por un barrizal, incluso se dijo que había recibido una pedrada en la cara. No obstante logró escapar después de convencer a la turba. La crónica de su tiempo lo dice en latín: “Regina dilaniata crines, nudata corpore, provoluta luto, evasit”, cuya traducción es: “La reina con el pelo revuelto, el cuerpo desnudo y tirada en el barro, se evadió.” Al poco volvió con el ejército de su hijo y sometió a los rebeldes al dominio del obispo Gelmírez.

Poco se sabe del final de la vida de Doña Urraca, que falleció en Saldaña (Palencia) el 8 de marzo de 1126. Está enterrada en la basílica de San Isidoro de León. Le sucedió con toda normalidad su hijo Alfonso VII. Cabe decir, como se ha visto, que esta reina no ha sido bien tratada por la historia.