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La inversión térmica de la eutanasia


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JUAN LUIS PÉREZ TORNELL

La palabra eutanasia tiene mala prensa porque el primero que la protocolizó y la instituyó, para humanos que consideraba inútiles y desechables, fue Hitler. En cualquier debate sobre el tema siempre acaba surgiendo el nombre fatídico. De hecho los programas de eutanasia, que llegaron a escandalizar incluso a la insensible sociedad de la propia Alemania de los años treinta, y fueron retirados por ello, prolongaron su existencia en las cámaras de gas y en la tecnología para la muerte industrial de millones de “untermenschen”, subhumanos enemigos de la sociedad perfecta que solo existe en las mentes totalitarias.

Por otra parte la presión religiosa, que suele ofrecer para el sufrimiento el consuelo de la resignación, ajo y agua espirituales, también ha combatido con firmeza y tradicionalmente el término que Adolfo puso en boga.

Lo mejor, para evitar resquemores y malos rollos, es lo que suele hacerse en España cuando una palabra nos trae recuerdos indeseados: cambiarle el nombre. En este caso lo más parecido es lo que se llama aquí “cuidados paliativos”, equivalente a la triaca magna de la desesperación.

El combate de la medicina contra la muerte se prolonga desde antiguo y ha llegado a unos niveles casi de empate técnico: la muerte siempre nos parece prematura, y la sacralización de la vida ha llevado a que la medicina burle temporalmente a las Moiras, pagando el dudoso precio de la postración infinita, el dolor sin esperanza y la vida aferrada a unas condiciones que en muchos casos son aterradoras. El hecho biológico y las constantes vitales, prevalecen así sobre eso tan difuso de la dignidad.

Eso de morir como don Rodrigo Manrique “todos sentidos humanos olvidados, cercado de su mujer, y de hijos y de hermanos y criados” … ya no se lleva.

Cosa contraria sucede reciente y paradójicamente, con gatos y perros. Hasta hace no mucho las mascotas tenían un tratamiento no muy distinto al de caballos viejos y bueyes extenuados: se les sacrificaba y esto se consideraba un acto de humanidad, de solidaridad y empatía con el dolor ajeno.

La personificación o prosopopeya de mascotas y otros animales abandonados a su suerte por quienes un día los acariciaron y alimentaron, impide la aplicación a éstos de una eutanasia indolora y compasiva.

Los perros de las perreras, recogidos del medio hostil y desconcertante para ellos, forzados a una vida sin amo ni patrón se sacrificaban para poner fin a la existencia penosa de una prisión perpetua no revisable. Los gatos, siempre más independientes, solían buscarse la vida y fallecer en todo caso en nobles batallas con sus congéneres, o atropellados como forma de selección artificial de los menos avisados.

Hoy esto está cambiando, la eutanasia va ganando enteros para los humanos y la preservación, a toda costa, de la vida de las mascotas se va sacralizando. En algunos sitios se pretende que el corredor de la muerte que era la perrera de toda la vida, desaparezca o se someta a tribunales de apelación que prolonguen un destino similar al de Charles Manson, que probablemente es incluso peor que la muerte.

A los gatos callejeros, como alternativa a la muerte digna se les castra y esteriliza, como si eso produjera felicidad alguna, negándoles, sin consultarles, como a los catalanes, el derecho a decidir.

No juzgo ni una cosa ni la otra, la sociedad tiene sus valores, que cambian con el tiempo. En lo que a mí concierne, antes que la vida prestada del gato castrado, preferiría el destino de Don Rodrigo Manrique:

                                     “ y consiento en mi morir
                                     con  voluntad plazentera,
                                     clara y pura,
                                     que  querer ombre bivir
                                     cuando Dios quiere que muera,
                                     es locura”.