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Éramos ecologistas sin saberlo


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AMANDO DE MIGUEL

Mi infancia transcurrió en los “años del hambre”, después de la guerra civil. No había ningún limonero. Los niños necesitábamos una fuente regular de ingresos para sufragar nuestras necesidades de tebeos, canicas y chufas. La solución se impuso con naturalidad. Era cuestión de recoger papel viejo y botellas vacías. No era fácil porque todo se reutilizaba, pero había mil maneras de hacerse con esas basuras que se pagaban bastante bien para nuestro modestísimo presupuesto. Así que todos guardábamos en nuestras casas los correspondientes alijos de papel, cartón, frascos y botellas de toda índole. Hasta las aspirinas se dispensaban en tubos de vidrio. Los jueves por la tarde no había colegio y era el momento de reunir los tesorillos para venderlos en el chamarilero. Se suponía que el hombre acumulaba una buena materia prima para venderla luego a los fabricantes de papel o vidrio. Todos estábamos, sin saberlo, en el negocio de lo que ahora se llama tratamiento de residuos para su reutilización. Éramos ecologistas sin saberlo.

Ahora el negocio se desarrolla en gran escala, sobre todo porque abunda la basura. En las calles y plazas de la ciudad se disponen unos atractivos contenedores. Unos ponen el rótulo de ”vidrio” y otros “papel”. Ahora somos todos ecologistas conscientes y depositamos regularme en los contenedores respectivos bolsas rebosantes con papel, cartón o vidrio, entre otras menudencias. La operación se hace por disciplina ciudadana para proteger el medio ambiente, por conciencia ecológica. La cuestión es que ahora nadie nos paga nada por esas basuras selectas, que constituyen una materia prima muy valiosa para que unas pocas empresas de reciclaje hagan su agosto. Su éxito está en habernos convencido de que los residuos de papel o de vidrio no tienen precio, cuando para las empresas dichas son la base de un próspero negocio. No quiero imaginar lo que pueda ocurrir con el contenedor de ropa usada; es otro que también frecuento con el mayor espíritu de colaboración. A veces es mejor ignorar que saber.

Participo gustoso del ánimo solidario con el medio ambiente y el desarrollo sostenible, pero me temo que alguien nos está estafando con todas las de la ley. Bien están las donaciones a los necesitados, pero me parece mal que unos pocos avisados fabricantes nos exploten de una forma tan descarada. Sé que mi queja no servirá de nada, pues yo mismo sigo alimentando regularmente los contenedores que nos ayudan a mostrarnos solidarios y ecologistas. Todo sea por el desarrollo sostenible, si bien sospecho que unos se sostienen mejor que otros.