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El exterminio de los catetos


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JAVIER IRIGARAY

Después de la obsolescencia programada, ha llegado el momento del exterminio de los catetos.

Sí. Si la tuberculosis no se hubiera llevado por delante a George Orwell, este hijo de la Gran Bretaña habría escrito, con total seguridad, '2019', una ficción distópica en la que una piara de cerdos de la España más profunda y rural asaltan el cielo raso del Congreso de los Diputados y comienzan un inexorable, a la vez que implacable, exterminio de los habitantes de los pueblos perdidos de la Iberia rural.

'2019' estaba destinada a ser la profecía que completaría el triángulo que habría de componer un novísimo testamento, pero llevaba inoculado el mal que impediría calcular su superficie y, por tanto, culminar con el debido éxito la obra, porque al prever el holocausto de los catetos, el resultado de multiplicar el valor del cuadrado del cero de su inexistencia por la hipotenusa habría de ser siempre, y fatalmente, también cero.

Sin embargo, a pesar de tan cruel destino, a la élite gorrina gobernante no le tembló el pulso a la hora de firmar los decretos que terminarían por abocar a la humanidad rural a tan desgraciado desenlace.

Así, fue el hurto lento y gradual de servicios. Se privó a los pequeños núcleos de población de las redes y sistemas que les permitían comunicarse entre sí y con el resto del mundo, al tiempo que se multiplicaban las que prestaban servicio en y entre los grandes complejos urbanos. Mientras se desmantelaban líneas de ferrocarriles expresos que paraban hasta en los lugares más insólitos, algunos de ellos tan sólo habitados por quienes mantenían las estaciones, se construían, gracias a los tributos impuestos impuestos a ciudadanos y pueblerinos, líneas de alta velocidad que conectaban las mayores conurbaciones, subvencionando el precio de sus billetes. A los vecinos de los municipios más pequeños les resultaba harto más oneroso alcanzar la misma formación que sus homólogos urbanitas, quienes gozaban en sus ciudades de todo tipo de centros de enseñanza cuya existencia ni tan siquiera se soñaba en el medio más rural.

En los pueblos se rezaba por una muerte rápida, pues los curaderos y centros sanitarios más eficientes sólo existían en los lugares más poblados y lejanos de la patria más profunda y olvidada.

Y, quizás por eso, urgidos por la misma piedad que empuja a mitigar a tiros el sufrimiento del animal herido, el gobierno de los cochinos ideo una particular solución final para terminar de una vez por todas con la agonía de los catetos que a duras penas despueblan aún el desértico interior de las Españas.

Únicamente al ingenio del más sagaz de los puercos se le pudo ocurrir limpiar el aire de las ciudades emponzoñando, al tiempo, la atmósfera de los pueblos.

El plan era perfecto. Nada podía fallar. Se prohibió el uso de vehículos que no se movieran impulsados por una energía eléctrica. De esa manera, ya no habría malos humos, porque la generación de esa nueva fuente de fuerza dejaría el hollín en los pequeños municipios en que se quemara el carbón que la produce, y sería absorbido por la fibra esponjosa de los pulmones de sus habitantes, convertidos en ceniceros para la ocasión.

Sí. Limpiar el aire de nuestras ciudades, bien merece el exterminio de los catetos. Pobre hipotenusa.