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El Brexit que no llega


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MARIO SANZ CRUZ

Me cuesta entender las razones que llevan a los políticos a meter a los ciudadanos que representan en jardines llenos de rosales, de los que luego es muy difícil salir ileso. En general creo que son huidas hacia adelante, remover el avispero para tapar errores o fechorías anteriores, cortinas de humo para tapar marrones particulares o de partido.

Y ahí vamos los tontos de a pie, comulgando con ruedas de molino y tragándolas sin respirar.

De esta lacra no se libra casi nadie, y si no, basta echar un ojo a lo que está sucediendo en un país como la Gran Bretaña, que parecía tan serio y tan avanzado. Ese halo de astucia y de inteligencia para los negocios que siempre ha tenido, visto desde fuera, ha saltado por los aires, desde que aprobaron su salida de la Unión Europea por referéndum. En cuanto sus dirigentes les mentaron las tradiciones y le dieron un poco de pisto a su pasado colonial, la gente se lanzó al vacío sin pensárselo dos veces; pero ahora, que se ha visto al borde del precipicio, todo el país está acojonado y sin saber por dónde tirar.

Mientras estaban dentro, los británicos se ponían muy chulitos, tocaban las narices, a diestro y siniestro, haciendo que Europa aceptase sus pijoterías históricas, sus exclusividades y su rollito isleño; pero ahora, el resto de la Comunidad Europea está harto de sus tonterías y, con esas guerras internas que libran a diario, les va viendo cada vez más patéticos y empieza a impacientarse por quitárseles de encima.

No quieren estar en la Unión, no quieren salir de la Unión, no quieren repetir el referéndum, no quiere dimitir el gobierno, no quieren convocar elecciones, nadie se aclara y, mientras tanto, siguen acercándose al abismo de lo desconocido, envueltos en sus peleas interiores, anulados por su orgullo y su ceguera histórica, que les impide ver la realidad actual, que les impide aceptar que no son el imperio que eran, ni mucho menos.

Renegar de la Unión Europea les puede traer muchos más problemas que ventajas, porque, por mucho que les fastidie identificarse con el continente, físicamente están dentro de Europa y los países de la Unión son sus vecinos más cercanos, por todos los puntos cardinales; y con los vecinos no hay más remedio que convivir, comerciar y transitar por su tierra, agua y aire.

Para ellos, las alternativas no son muy alentadoras. Echarse en manos de los Estados Unidos gobernados por Trump debería darles miedo. Arrimarse a los rusos, chinos o árabes es arriesgado y muy peligroso, acercarse a los países emergentes tiene su complicación, y remover las cenizas de sus antiguas colonias es perder el tiempo y el dinero.

No sé cómo acabará esto, pero debería servirnos para reflexionar y no jugar con el futuro de la gente por embarcarnos en aventuras disparatadas. También debería servir para que aprendamos que los resultados de un referéndum, por muy democrático que sea, no siempre son positivos para los ciudadanos, porque, a menudo, la gente vota con el corazón, con las tripas o con la cabeza llena de pájaros y de ideas peregrinas, que se disipan al primer contacto con la realidad.

Me gustaría que aquí aprendiésemos algo, viendo la deriva británica, que escarmentásemos en cuerpo ajeno, antes de lanzarnos a abismos de los que no vemos el fondo. Está claro que nuestra sociedad no es perfecta, ni mucho menos, pero los cambios hay que hacerlos con tiempo y con cabeza, para asegurarnos que vamos a mejor y no cagarla cada vez más.

El día que seamos capaces de pensar por nosotros mismos y no nos dejemos envolver por el ruido de los políticos, coreados por sus medios afines y por las contaminadas redes sociales, habremos ganado mucho.