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Una amarga impresión personal tras el paso del huracán


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CLEMENTE FLORES

LOS RECUERDOS MÁS positivos son los que te dicen que durante muchos años te despertabas cada mañana con la impresión y con la esperanza de que todo podía ir a mejor y de que no había retrocesos previsibles.

Vivir pensando que puedes disfrutar a diario de las cosas buenas que te van saliendo al paso es de las mejores cosas que te pueden suceder para superar el calvario de las cosas malas que sin tú quererlo también te salen al paso. El sol sale cada día para todos y mientras hay quien lo disfruta a tope, hay quien no se entera si ha salido y quien sólo se ha fijado en algún nubarrón.

Hoy quiero recoger a vuelapluma mis impresiones sobre un encuentro que, tras venir atrasándose algún tiempo por motivos de agenda, he tenido con varios de mis antiguos colaboradores con los cuales me unen recuerdos de retazos de vida compartidos, de logros comunes trabajados, y lo que eso conlleva de admiración, cariño, algunas desavenencias y mucho respeto. Hay en nuestras relaciones algo de atracción mutua positiva y placentera que cada vez cuesta más reconocer, y que simple y llanamente es el amor.

Me jubilé en el año 2007 cuando trabajaba como directivo del más alto nivel en un grupo de empresas, ingenierías, construcción, medio ambiente, servicios urbanos, etc. en cuya organización y gestión llevaba 20 años trabajando. Coincidiendo con mi jubilación el grupo se troceó y vendió a un par de grandes empresas. Todos los reajustes que se hicieron vinieron a coincidir con la declaración de la crisis de 2008, y como era de suponer, se produjo una diáspora de la que el mejor parado fui yo, que entré directamente, o casi, en la cohorte de jubilados.

Ha pasado más de una década y me he vuelto a reunir, no es la primera vez, con ocho técnicos de las ramas de ingeniería agrícola y de montes, tres varones y cinco mujeres, que trabajamos juntos y mantienen desde hace años un grupo de intercomunicación telefónica en el cual tuvieron a bien incluirme.

Todos siguen, juntos o no, trabajando a día de hoy, haciendo frente a los problemas personales que la vida les trae y a ninguno le ha sido fácil mantener el tipo. En su día, participé en la selección y contratación de casi todos y tuve experiencias de trabajo directas con ellos. Viéndolos ahora siento una tremenda satisfacción recordando cómo cada uno de ellos se había integrado en el trabajo y cómo iban ganando conocimientos, seguridad y confianza. Todos, mujeres y hombres, habían sido seleccionados en base a alguna cualidad relevante. No recordaba que ninguno hubiese defraudado. Fue una época optimista y profundamente creativa que a todos nos dejó huella.

LAS MARCAS DE LA CRISIS 

La otra tarde-noche hablé con todos y cada uno con cierto relajo. En estos años se han casado, separado o independizado de acuerdo a sus circunstancias personales. Los hay ocupando puestos directivos en empresas importantes y los hay que, renunciando a otras aventuras profesionales, han acabado por ocupar plazas de funcionarios buscando, sobre todo, seguridad en el empleo. Todos han hecho frente a la vida como mejor han sabido y podido, y todos, profesional y humanamente, siguen manteniendo los valores que en su día les adornaban y por los cuales les escogimos.

Es inevitable que hoy, cuando tienes la ocasión de mirarles desde su corazón, adquieras conciencia de las secuelas que esta década de crisis ha dejado en todos ellos y seguramente en todos nosotros que carecemos de espejo para mirarnos por dentro. Nadie puede sustraerse al mundo en que vive y a todos ellos, estos diez años que han cambiado las condiciones económicas, sociales y culturales del mundo, les han dejado marcas.

El mayor problema de la crisis que estamos viviendo no es la cantidad de cambios que se están produciendo al mismo tiempo, sino la rapidez con que se producen y la velocidad con que las nuevas tecnologías se sustituyen porque se hacen obsoletas.

La imposición de medidas liberales sobre el comercio, la producción y el capital, los avances tecnológicos, las secuelas de la crisis financiera, la explosión de la burbuja inmobiliaria, los efectos de la globalización, la crisis de la prensa, la revolución de las comunicaciones, la robotización del trabajo y la deslocalización de empresas son algunos de los campos donde se han producido novedades radicales que se han impuesto en estos años en que nada es independiente de nada.

Aunque el mayor impacto a nivel social se deba a la crisis económica y financiera, los avances científicos y las innovaciones tecnológicas han sido de tal magnitud y han llegado a tantas personas que incluso a nivel ideológico su impacto ha sido determinante. ¿Cuándo han aparecido las redes sociales que parecen llevar siglos entre nosotros?

La crisis actual nos ha enseñado el peligro que entraña un capitalismo inmoral descontrolado y sin regularizar que pone claramente en peligro el Estado del Bienestar.

Nadie ve solución o salida a tanto cambio y la crisis produce inquietud y miedo.

No hay campo social o cultural donde no se apliquen a diario las innovaciones tecnológicas que antes lo hacían, sobre todo, en los procesos de producción de bienes y servicios para aumentar la productividad y así conseguir abaratarlos.

El empleo de robots, la aplicación de metales menos pesados y más resistentes, los cortes automáticos de materiales siguiendo complicados diseños por máquinas dirigidas a distancia, el empleo generalizado de domótica, operaciones de ojos con el empleo de bisturís de rayos láser y tantas otras innovaciones han revolucionado el mundo del trabajo a tal velocidad que han dejado al hombre sin respuesta apropiada a los nuevos problemas surgidos por la adaptación a esos cambios.

En líneas generales, cada nueva tecnología ha venido a reducir el personal laboral acompañada de despidos masivos que se agigantan cuando se deslocalizan empresas enteras con una facilidad pasmosa. Las masas obreras pierden sus trabajos sin saber donde acudir cuando desaparecen los puestos de trabajo, porque los nuevos puestos que vienen a sustituirlos están concebidos para otras tecnologías que requieren trabajadores con una formación distinta y están ahora ubicados posiblemente en otro lugar a muchos kilómetros de distancia.

Normalmente estos cambios se deciden con una visión economicista ajena en absoluto a los problemas humanos de la gente, que ve como se esfuman su forma y hábitos de vida su cultura y sus valores.

Han cambiado definiciones y conceptos que parecían inamovibles. Hoy, apenas con diez años de crisis a una persona que pensase que no han cambiado tanto las cosas le costaría explicar que al sistema económico se le define como economía del conocimiento y a la tierra o recursos se le denomina capital natural. No digamos como se ha complicado la definición del recurso “trabajo”, pues dentro del capital humano, como ahora se denomina el recurso “trabajo”, no es fácil distinguir, por su forma de trabajar o por sus rentas, un obrero manual de un empleado altamente cualificado en robótica o informática y mucho menos de un deportista de élite o un artista. Más difícil es aun poder encuadrar a los profesionales libres, hoy tan numerosos, entre los obreros o los empresarios tradicionales.

El recurso “capital”, ha creado nuevas figuras de generación y captación de rentas inmobiliarias y sobre todo financieras, que buscan las ganancias manejando casi exclusivamente el recurso “capital”, que no tienen mucho que ver con la producción tradicional de bienes o servicios y que se han expandido y potenciado con la globalización.

La figura que más se parece al “recurso” tecnología u organización, al menos en los países desarrollados (I+D+I) (investigación +desarrollo +innovación), que a su vez se conoce como “Capital de Conocimiento”, es capaz de mejorar la productividad de los otros factores sin necesidad de que estos intervengan. Hoy, más que nunca, la formación tecnológica o científica es indiscutiblemente una forma de inversión. Los cambios producen incertidumbre, inseguridad y miedo, y todos hemos aprendido a lo largo de la vida, que los cambios sociales traen nuevas costumbres, cambios de mentalidad y modos de vida distintos. La facilidad para adaptarse a los cambios depende de la disposición y apertura mental de cada persona.

Ahora, la desorientación y las dudas sobre el futuro más o menos inmediato que nos espera es lógica por la cantidad ingente de cambios tecnológicos que se producen y por la velocidad acelerada a la que se producen. Con los avances de las tecnologías y la búsqueda de una mayor productividad cada vez va a ser más difícil conseguir crear suficientes empleos de calidad.

PROCESO DE DESAPARICIÓN 

Estamos en un proceso de desaparición de muchos derechos y conquistas laborales conseguidos sólo después de muchos años de largos y dolorosos procesos de lucha. Organizaciones tradicionales, como los sindicatos, se han quedado obsoletas por incapaces para defender los intereses de grandes masas de trabajadores ante un empresario “invisible” sin localización fija al que le resulta muy fácil eludir leyes y reglamentos estatales o trasladar ingentes sumas de capital o “trocear” sus centros de producción a lo largo y a lo ancho del mundo. Como resultado de todo ello aumenta la precariedad en el empleo, la flexibilización del trabajo y el pluriempleo que son formas más sutiles de explotación. 

En estos años, los servicios públicos como la sanidad y la educación han sufrido recortes presupuestarios, pero en otros sectores, donde estos profesionales se mueven, como los grandes servicios urbanos de limpieza, jardinería o movilidad ha habido un auténtico cataclismo, como consecuencia del incremento de la percepción de la corrupción en la contratación que ha existido por la promiscuidad entre política y dinero.

Estos hombres y mujeres con los que me he reunido han continuado esta decena de años enfrentándose a retos personales y profesionales que no podían prever. La vida les ha puesto a prueba y han respondido porque estaban preparados para todo y tenían mucha fuerza. No han salido indemnes. Sufren, aunque aguanten. Veo las cicatrices en sus corazones y también sufro con ellos. Demasiado dolor para tan poco beneficio.

¿Por qué hemos sido tan confiados con la crisis económica? ¿Cómo se han beneficiado los que nos la negaron descaradamente? El resto se nos dio por añadidura y hoy necesitamos llorar viendo los restos de la batalla.

En el momento actual, los hombres y mujeres que han estado siempre ahí, necesitan volver a confiar y a creer en sí mismos.