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El relator


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JUAN LUIS PÉREZ TORNELL

ES DIFÍCIL CONTEMPLAR con serenidad lo que Pedro Sánchez está haciendo no ya con España, país que en verdad le importa poco, sino con su propio partido, al que ha utilizado fundamentalmente como pista de despegue del avión, Falcón concretamente, de sus ilusiones, su desmesura y su psicopatía.

El silencio del PSOE es el silencio de los corderos. Es mucho más preocupante. Un partido político no puede ser una secta mesiánica que siga a su líder hasta el abismo de su delirio. Y en eso se ha convertido. Nadie dimite, nadie alza la voz, nadie dice tímidamente siquiera aquello de “no es esto, no esto”, o “este tío es imbécil”. No se trata de una vergüenza pasajera y olvidable, sino de algo digno de figurar en esa pequeña historia local de la infamia de un partido político que, con sus luces y sus sombras, representa a buena parte del pensamiento político de la izquierda.

Es sabido que cuando una secta tiene muchos miembros adquiere de repente honorabilidad y, sin muchos más méritos, se convierte en religión. Pues el PSOE está iniciando el camino inverso: de religión se va a convertir en una secta acrítica unida exclusivamente por el cemento del poder, sin ideología y sin otro programa que la conservación de los votos que garantizan las prebendas y el ascenso en ese “cursus honorem” que debiera ser la vida política.

Es la escasez del número la que propicia el fanatismo, el ensimismamiento y la disciplina férrea. Desde ese punto de vista va por buen camino. ¿Pero cómo es posible que en un partido tan importante, con tantos afiliados, no haya ningún disidente, nadie que levante la mano para decir que las bases se equivocaron y eligieron irresponsablemente a un loco peligroso, que va hacia ninguna parte, arrastrando una historia centenaria por el barro, para servir la causa diminuta de la megalomanía de un necio?

Si Sánchez fuera Esaú, vendería a su país, a su partido y a su madre por un plato de bíblicas lentejas. Entre locos anda el juego. Los independentistas piden la luna y la escenificación de la humillación y Sánchez, que no tiene a su alcance la luna, ofrece la indignidad, la genuflexión y la vergüenza para aplacar a estos orates que ignoran que la justicia no está en manos del poder ejecutivo, y que nadie puede dar lo que no tiene.

Y ofrece esa traición vergonzosa de equiparar la negociación de una nación antigua con unos tipos que no se representan ni a ellos mismos. Y proponen, y este demente acepta, un relator, a ser posible internacional para aumentar el deshonor de los españoles, que garantice la fiabilidad de la dudosa España, ese país discutido y discutible, en su quimérico proceso de descolonización.

Lo preocupante no es la locura que siempre engendra el poder, sino la absorta contemplación del mismo de los militantes, a los que se les supone cierta capacidad analítica y crítica de lo que esta pasando. El auge de VOX -que viene el lobo populista de la derecha, comiendo por la derecha, por la izquierda y por el centro- no lo ha producido la cobardía de Rajoy, que siempre ha blandeado en tablas sin recibir, más que en su último e indigno trayecto, las banderillas negras que merecía su mansedumbre estomagante. La indolencia paga precios, baratos en su caso.

En este caso no es indolencia, sino colaboración silenciosa con los designios de un traidor. España no ha existido siempre, y al igual que los reinos de Tolosa o de Burgundia, puede dejar de existir tal como la conocemos. Pero el juego esta abierto, al fin y al cabo, como decían Trasímaco, o “Pepu” Hernández, “la traición no prevalece nunca, ¿por qué?, porque si prevalece, ya no se la llama traición.”

Llamémosla entonces, provisionalmente, “diálogo”.