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JUAN LUIS PÉREZ TORNELL

Es propio de cada momento histórico establecer la jerarquía de los valores que cada sociedad considera como fundamentales para intentar ese derecho constitucional a buscar la felicidad, que proclamaba la Declaración de Independencia Americana.

Y así, en cada tiempo y lugar, y a estos efectos, hay actividades y profesiones que una comunidad valora por encima de otras. Platón dividía el cuerpo social con ese criterio en artesanos o labradores, guerreros o guardianes, y filósofos o gobernantes, y arrimando el ascua a su sardina, consideraba que éstos últimos debían constituir la clase dirigente sobre el resto de los ciudadanos, que tenían atribuidas funciones menos nobles, por así decir.

Como teoría no está mal, pero su puesta en práctica no le resultó demasiado satisfactoria y tuvo que exiliarse en Siracusa.

En nuestro país, hoy por hoy, las profesiones más admiradas y objeto de reverencia y prosternación son las de deportista, en especial del negociado futbolístico, cocinero de campanillas, artista en general y en especial cantante prometedor, y últimamente diseñador de moda o maestro/a de la costura.

También son objeto de lisonjas varias los profesionales de la salud y los del ramo de la enseñanza, excepto los de la Universidad Juan Carlos I.

A estos últimos, médicos y profesores, la adulación constante de los medios de comunicación no les evita, sin embargo, alguna que otra agresión por parte de sus rendidos clientes. Lo cortés no quita lo valiente.

No me ha sorprendido, por tanto, la elección de un ex seleccionador de baloncesto como candidato a la Alcaldía de Madrid. No estoy seguro de que “Pepu” vaya bien con “Excmo. Señor”. Pero es cuestión de acostumbrarse.

Es más sorprendente que se promueva a la Presidencia de la Comunidad de Madrid a un catedrático de Metafísica, autor de libros de títulos tan inquietantes como “Darse a la lectura” y otras aberraciones.

Un ex seleccionador está más acostumbrado a mandar, a pedir tiempos muertos, a sacar a Errejón para los minutos finales…. mientras que un catedrático está más hecho a divagar sobre cosas que no existen.

Los catedráticos de filosofía no promueven las seguridades ni las certezas, sino, muy al contrario, las dudas metódicas, el escepticismo, el pesimismo y la melancolía… valores que no ayudan a la búsqueda de la felicidad tanto como una canasta triple, un gol por la escuadra o un menú de diseño con ingredientes novedosos, extravagantes y divertidos.

Otras profesiones, quizá olvidadas, que podrían incorporarse a esta nueva leva de dirigentes políticos, o al menos darles una oportunidad de demostrar sus habilidades, podrían ser, por ejemplo, la de pastor trashumante, individuos éstos sobradamente capaces de dirigir con mano maestra multitudes indisciplinadas. O tertulianos omniscientes, o publicistas de esos que te convencen de que compres cosas que no necesitas.

Dentro de la variada fauna de los deportistas, hay sin embargo, algunos ejemplares que representan valores antiguos ya perdidos y otrora admirados, como el esfuerzo, la perseverancia, la honradez, como Nadal o Pau Gasol, a los que seguro que hubiese votado, sin vacilar, Catón el Viejo para presidentes de cualquier gobierno. Los futbolistas ya son harina de otro costal.