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La reina católica (I)


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ADOLFO PÉREZ

No cabe duda que es una temeridad glosar en un artículo la figura de Isabel la Católica, Isabel I de Castilla, la que para muchos historiadores es el personaje más importante de la historia de España, tanto por sus virtudes como por la acción de gobierno. Los cronistas de la época y la mayoría de sus biógrafos ensalzan con justicia su grandeza. Una figura histórica objeto de mi gran admiración.

Reinaba en Castilla Juan II (1406 - 1454) cuando en Madrigal de las Altas Torres (Ávila) su segunda esposa, la joven y bella reina Isabel de Portugal, alumbró una niña a la que llamaron Isabel. Según parece el nacimiento se produjo el 22 de abril de 1451. Al día siguiente el rey Juan II se dirigió al concejo de Segovia para anunciarle la buena nueva con estas palabras: ”Fágavos saber que, por la gracia de Nuestro Señor este jueves próximo pasado la Reyna Doña Ysabel, mi mui cara e mui amada muger, encaesció de una Ynfante. Lo cual vos fago saber porque dedes muchas gracias a Dios, así por la deliberación de la Reyna, mi mujer, como por el nascimiento de la dicha Ynfante”. Su madre la llevaba con ella de un lugar a otro en la denodada lucha que mantenía contra el valido del rey, Álvaro de Luna, que al final fue decapitado.

En una de esas estancias, el 13 de noviembre de 1453 nació también en Madrigal de las Altas Torres el infante don Alfonso, hermano y compañero de la infanta en su triste niñez y avatares de su fortuna. Pero poco les duró la protección del padre, que el 21 de julio de 1454 falleció en Valladolid. Un padre de buenas cualidades humanas y pocas para ser rey. Le sucedió en el trono su hijo, el abúlico e indolente Enrique IV (1454 - 1474, hermano de padre de la infanta Isabel, cuyo reinado sería de suma trascendencia para ella. El fallecido rey Juan II dejó a su esposa varias villas, entre ellas Arévalo, que fue el lugar donde la pequeña familia, formada por la reina y los dos infantes, fijaron su residencia. En Arévalo pasó sus primeros años la infanta Isabel, hasta que en 1461 ella con diez años y su hermano Alfonso son llevados a Segovia, a la corte de Enrique IV donde se educó, librándose, gracias a su carácter, de la corrupción imperante en la corte. Fue en esos años cuando se produjo el drama histórico para Castilla y Enrique IV, que muy joven se casó con la princesa Blanca de Navarra, cuyo matrimonio el rey no logró consumar, razón por la que fue anulado. Casado de nuevo, esta vez con Juana de Portugal, a los seis años la reina alumbró a la princesa Juana, de la que la infanta Isabel niña fue madrina de bautismo. El nacimiento de la princesa se recibió con normalidad y poco después fue jurada en Cortes como heredera del trono de Castilla.

Sin embargo, propiciado por el marqués de Villena, que había perdido el favor del rey, y celoso de la ascensión del mayordomo mayor de palacio, Beltrán de la Cueva, colmado de mercedes, extendió por la corte la especie de que la princesa Juana no era hija del rey sino de Beltrán de la Cueva, de ahí que a la princesa sea conocida como ”la Beltraneja”. La sospecha tomó cuerpo y dio lugar a que la alta nobleza castellana, reunida en Burgos, formara la Liga nobiliaria a la que se adhirió el alto clero. En medio de este ambiente de intrigas, sin tomar parte en ellas, estaban los infantes Isabel y Alfonso.

Y así surge el manifiesto de 28 de septiembre de 1464, de gran repercusión, en el que se decía que los dos hermanos estaban cautivos en Aranda vigilados por la reina Juana, y que la princesa Juana no era hija del rey, razón por la que no tenía derecho a la sucesión del trono de Castilla, y lo que era más fuerte, que el rey lo sabía, lo que dio lugar a que el monarca dudara. Y saltó la escandalosa noticia: el 5 de junio de 1465 los nobles alzaron un cadalso fuera de las murallas de Ávila donde colocaron un muñeco con los atributos regios: corona, espada y cetro, una representación bufa del rey Enrique IV, conocida como “auto o farsa de Ávila”. Los actores, grandes señores colmados de mercedes por el rey, puestos alrededor del muñeco, leyeron un manifiesto y uno a uno lo fueron despojando de los atributos reales, derribándolo el último de una patada. Y allí mismo proclamaron rey al infante Alfonso (el XII),de once años, al que tenían alejado del cadalso. Sin embargo, el pueblo de Ávila estuvo ausente, fiel al rey. El acto no tuvo efectos irreparables para la corona y el rey.

Dentro de la turbulencia en el reino, en 1466 Enrique IV determinó casar a la infanta Isabel, que tenía quince años, con Pedro Girón, cercano a los cincuenta años, hermano del marqués de Villena. Cuando Pedro Girón, con gran séquito, se dirigía a la corte falleció en aquella primavera, aunque se dijo que el veneno no anduvo lejos.Al año siguiente, 1467, la infanta Isabel y su hermano Alfonso, para ella rey, lograron salir de Segovia y se fueron a Arévalo, al lado de su madre, donde pasaron unos meses felices, libres del control de los reyes.Al poco tiempo les dijeron que el decaído Enrique IV mostraba signos de vitalidad, razón por la que los infantes decidieron irse a Ávila, ciudad fuerte y leal a ellos. En el viaje, a la altura de Cardeñosa (Ávila), el príncipe Alfonso enfermó con unas fiebres que no superó, falleciendo el 5 de julio de 1468, con casi quince años.

La muerte de su hermano, de momento convertía a Isabel en su heredera y adalid de los nobles rebeldes para presentarla como única heredera al trono de Castilla, un futuro incierto a sus diecisiete años. Isabel se alzaba como una esperanza, de ahí la popularidad que alcanzó en toda Castilla. Pronto daría muestras de que no la iban a manejar los nobles a su antojo. En Ávila, aquellos nobles le ofrecieron a la infanta la imaginaria soberanía, una corona envilecida que ella rechazó, acatando a su hermano el rey don Enrique, que se avino a pactar con los nobles rebeldes cuando ya la reina (con sus amores) y su hija Juana habían huido. El 19 de septiembre de 1468 el rey se reunió con los desleales nobles en una venta cercana a los famosos Toros de Guisando y decidieron, en presencia del legado papal y de los obispos, prestar obediencia a don Enrique a condición de que éste nombrara heredera del trono a su hermana Isabel, como así se hizo, de modo que allí mismo todos la juraron, prelados y nobles, con la aprobación del legado papal. Un pacto que deshonraba a la reina, su esposa, y a la hija de ésta; “Acción terrible para Enrique, cuán dichosa para Castilla”, según dijo un historiador del siglo XVI. Muchos de estos magnates y algún prelado reconocieron de nuevo a la “la Beltraneja”, pero después de aquel acto atroz ya estaba incapacitada para reinar.

El rey proyectó casar a Isabel con el rey de Portugal, Alfonso V “el Africano”, que era una trampa para dejarla fuera de juego como reina de Portugal, pero ella, que no quería, se mostró astuta con respuestas ambiguas para escapar del intento, aunque no podían obligarla porque estaba pactado. También hubo otros pretendientes europeos. Ella prefirió al infante don Fernando de Aragón, once meses menor, no por amor pues no lo conocía, sino por ventajoso, lo que fue un gran acierto.Enlace éste que repugnaba en la corte castellana. Razón por la que el rey la confinó en Ocaña, en manos del marqués de Villena, donde vivía vigilada. Ella se dejó llevar a la espera de una ocasión para escapar, cosa que se presentó cuando el rey viajó a Andalucía y se cumplía el primer aniversario de la muerte de su hermano, para lo que planeó organizar y presidir las honras fúnebres en Ávila, lo que nadie le impidió. Efectuadas las exequias no sevuelve atrás y se dirige a Madrigal donde corrió peligro de ser capturada por el rey, pero con la escolta del arzobispo Carrillo logró llegar a Valladolid, ciudad segura y lugar perfecto para lo que ella pretendía: su matrimonio.

¿Y cómo era la reina Isabel de Castilla? A sus dieciocho años dicen las crónicas que era una agraciada joven rubia, de ojos verdes y tez muy blanca, y sobre todo con un carácter firme,con ideas muy claras. El humanista Hernando del Pulgar, que la conoció, la retrata en su crónica de cuando era reina en su esplendor:“Esta Reina era de mediana estatura, bien compuesta en su persona, muy blanca e rubia; los ojos entre verdes y azules”. A otros detalles del físico no desciende, pero añade: “El mirar gracioso, e honesto, las facciones del rostro bien puestas, la cara muy fermosa e alegre”.“Era muy cortés en sus fablas(hablas)”.Isabel, muy bien educada, hablaba y escribía un castellano pulcro y elegante. Sabía latín y asombraba en la corte por su cultura humanística.Era dueña de sí, que ni en los partos gemía: “Forzábase a no mostrar el decir la pena que en aquella hora sienten e muestran las mujeres”. “Era católica e devota”. Pulgar dice que la reina era muy inclinada a hacer justicia, más dada al rigor que a la piedad. De gran corazón y que disimulaba la ira. Muy celosa de que sus mandatos se cumplieran con diligencia. El cronista dice que los grandes señores temían caer en su desfavor. Poco generosa,buena administradora del patrimonio real. Muy preocupada por su vestimenta y arreglo. Y Pulgar advierte que la reina:“Quería servirse de homes(hombres) grandes e nobles, e con grande acatamiento e sumisión”.

Volvemos a Valladolid, ciudad en la que Isabel se amparó en su huida de Enrique IV. Igual que en Ocaña, continuaron los mensajes secretos con Aragón burlando el cerco del marqués de Villena. Por medio de mensajeros negociaba su matrimonio con el infante Fernando (rey de Sicilia) al que no conocía. Allanado el camino para el matrimonio faltaba la dispensa papal al ser ambos parientes próximos, y como la obtención era larga y difícil, máxime al oponerse el rey, se optó por falsificarla a fin de vencer los escrúpulos de la princesa. Mientras, ella instaba a su prometido para que llegara a Valladolid antes del regreso del rey.Y así sucedió, Fernando, con mucho peligro, llegó a Dueñas (Palencia) disfrazado de mozo de mulas de seis caballeros vestidos de mercaderes. Y en Valladolid se vieron por primera vez el 14 de octubre de 1469. El 18 se firmaron las capitulaciones y el 19 se celebróla boda en secreto. Dos años después el papa Sixto IV les otorgó la dispensa. Ante las dudas surgidas sobre la potencia sexual de Enrique IV, se acordó que los nuevos esposos se sometieran a la antigua costumbre de consumar el matrimonio con gente al lado de la cámara nupcial a la que se mostró la sábana …Y con júbilo tocaron las trompetas y otros instrumentos musicales.

Este artículo se completará con una segunda parte.